La ciberseguridad pasó de ser un componente técnico a un eje estratégico de los negocios. Hoy se vincula con la continuidad operativa, la sostenibilidad financiera, la reputación corporativa y el cumplimiento normativo.
La digitalización aceleró esta evolución al impulsar la adopción masiva de servicios en la nube, sistemas de inteligencia artificial (IA), el uso intensivo de datos personales y la interconexión de infraestructuras críticas. Con ello, los riesgos cibernéticos se convirtieron en un factor estructural para todas las industrias, como advierte el Foro Económico Mundial.
En este escenario, la protección de activos digitales ya no es exclusiva de las áreas de tecnologías de la información (TI), sino una responsabilidad corporativa que debe integrarse en la toma de decisiones, los modelos de gobierno corporativo y la gestión integral de riesgos.