Doctor en Sistemas Humanos y Organizacionales, experto en IA e industria del software. Fundador de AugmentU.AI y creador del Marco 3D Universal.
La inteligencia artificial es percibida dentro de las organizaciones, como una herramienta para maximizar la productividad a través de automatizaciones, permitiendo la reducción de costos. Sin embargo, esa es solo una cara de la moneda.
Existe una parte de uso de la IA que no siempre recibe la misma atención que los beneficios que promete y es que la IA también puede abrir la puerta a nuevos riesgos empresariales.
Estos riesgos van más allá de los temores y desafíos asociados con su uso. Cuando la IA se incorpora sin comprender sus limitaciones y sin establecer mecanismos adecuados para gestionarla, su implementación puede resultar contraproducente para la organización, dando lugar a cinco esferas de riesgo.
Uno de los riesgos más fácil de subestimar, es el que surge de los errores, originado por el mal uso de la IA, como:
Una mala implementación de IA puede afectar la confianza que clientes, empleados, inversionistas y socios tienen hacia la empresa. Su pérdida se origina cuando perciben que la inteligencia artificial está siendo utilizada de manera inadecuada o poco responsable, volviendo más complejo su recuperación que implementar una nueva herramienta.
El uso indebido de datos, los requisitos de privacidad, la propiedad intelectual y las nuevas obligaciones normativas son algunos de los factores que han impulsado la regulación de la inteligencia artificial
Para las empresas, este escenario plantea un desafío concreto: adoptar la IA sin perder de vista las reglas que continuamente se encuentran cambiando. Esto exige anticiparse a los procesos regulatorios y establecer mecanismos que permitan aprovechar la tecnología de forma responsable, segura y alineada con las obligaciones emergentes.
La IA también puede reproducir problemas que no necesariamente son visibles, como:
Esto obliga a plantear preguntas incómodas:
La inteligencia artificial puede ser capaz de procesar enormes cantidades de información, pero eso no significa que sus resultados deban aceptarse automáticamente.
Existe otro riesgo mucho más silencioso: invertir en inteligencia artificial sin tener claro para qué se está haciendo.
La presión por innovar está llevando a algunas organizaciones a adquirir herramientas antes de desarrollar una estrategia y a implementar soluciones antes de definir objetivos. Esto puede traducirse en:
La organización puede tener muchas herramientas de IA y, aun así, no estar generando una verdadera ventaja competitiva.
Todos estos riesgos tienen algo en común: pueden crecer cuando la adopción de inteligencia artificial avanza más rápido que la capacidad de la organización para supervisarla y responder a sus efectos. No basta con incorporar la tecnología; también es necesario entender sus implicaciones.
Y quizá ese sea el riesgo menos mencionado: no que la IA falle, sino que la organización no esté preparada para responder cuando lo haga. Ahí es donde la capacidad de anticiparse, establecer controles y tomar decisiones oportunas se vuelve tan importante como la propia tecnología.